MUSÉE DES BEAUX-ARTS

Acerca del dolor jamás se equivocaron
Los Antiguos Maestros. Y qué bien entendieron
Su función en el mundo. Cómo llega
Mientras alguno cena o abre la ventana
O nada más camina sin objeto.
Cómo, mientras los viejos aguardan reverentes
El milagroso Nacimiento, habrá siempre
Niños sin mayor interés en lo que ocurre,
Patinando
En el estanque helado a la orilla del bosque.

No olvidaron jamás
Que el eterno martirio ha de seguir su curso,
Irremediablemente, en sórdidos rincones,
Donde viven los perros su perra vida
Y la yegua del verdugo se rasca
Las inocentes grupas contra un árbol.

Por ejemplo, en el Icaro de Brueghel:
Con qué serenidad
Todo parece lejos del desastre.
El labrador oyó seguramente
El rumor de las aguas y el grito inconsolable.
Pero el fracaso no lo conmovió:
Brillaba el sol como brilló en el cuerpo blanco
Al hundirse en las aguas verdes.

Y la elegante y delicada nave
Debió haber visto lo inaudito:
La caída de un niño que volaba.
Pero el barco tenía un destino
Y siguió navegando en calma.
                                                               1939

Versión de José Emilio Pacheco

 

 

Inspirado en un cuadro de Brueghel, este poema es una terrible y desencantada visión sobre el hombre y su insolidaridad frente al dolor ajeno. En el cuadro, el mundo permanece impasible mientras Ícaro, que había intentado volar fabricándose unas alas, se precipita en el mar. Auden lo describe en las dos últimas estrofas. En las dos primeras, nos prepara para que sintamos lo que quiere que sintamos al contemplar el cuadro: que estamos solos frente al dolor, que no importa lo idealista que haya podido ser nuestra empresa, lo único que nos cabe esperar es la indiferencia.

Para "condicionarnos", empieza con dos afirmaciones que hacen referencia a la autoridad de los "Antiguos Maestros": jamás se equivocaron, y entendieron muy bien la función del dolor en el mundo, que no es otra que el absurdo de un "eterno martirio" que siempre se presenta de forma inesperada y que seguirá su curso irremediablemente.

Me impresionan especialmente los últimos versos de la primera estrofa. En ellos, con el trasfondo sugerido de la Navidad, contrapone la vida que termina y se quiere aferrar a algún tipo de fe (esos viejos que "aguardan reverentes el milagroso Nacimiento", no se sabe si porque quieren creer en su propia supervivencia tras la muerte, o porque quieren creer en la continuidad de la vida que renace como la primavera tras el invierno) con la vida que comienza, los niños cuyo único interés consiste en jugar y disfrutar "en el estanque helado a la orilla del bosque", ajenos al frío, a la vida paralizada bajo el hielo, a los peligros del bosque que acecha.

Poema desencantado y tan bien escrito, tan conseguido el equilibrio entre la rabia y la sensatez, tan efectivo, que nos deja la misma sensación de soledad que el pobre Ícaro en el cuadro de Brueghel, una figura pequeña e insignificante hundiéndose en el mar, segundos antes de su muerte, mientras la vida continúa, serena, calma, inconmovible.